miércoles, 30 de marzo de 2011





Los he acostado abrazados, uniéndolos tiernamente, 
posando los labios del hermano sobre los de la hermana,
introduciendo el sexo dormido de él en las ninfas delicadas de ella,
en el umbral de aquella hendidura cuya palidez e insignificancia
me han recordado la de la pequeña muchacha-pulpo,
de la vomitadora de jugo negro.
He querido que sus cuerpos, que en vida habían debido
de reclamarse tantas veces en secreto, 
se unieran finalmente en la muerte.
Pues yo sabía que los dos se habían amado 
como el cielo ama a la tierra.
Y uno de ellos había querido salvar al otro y el otro
había arrastrado al primero. Lo había arrastrado por amor,
a las profundidades, entre la sal y las algas,
en la espuma y las arenas, en las escarchas marinas
que se mueven bajo la mirada de la luna y se agitan igual que el semen.
No era en mi casa donde habían celebrado sus sublimes nupcias,
sino en el instante preciso en que, agarrados el uno al otro,
los dos habían exhalado a un tiempo su último suspiro
en un éxtasis común, unidos en el agua como antes
en el líquido materno, en el mar como en la madre,
reencontrados en su final de la misma manera
que habían sido confundidos en su origen.
Habían alcanzado, por tanto, su verdad cósmica,
extraña al mundo falaz de los vivos.
Los contemplé largo rato, agradeciendo el espectáculo como un don.
Ni por un instante pensé en mezclarme con ellos,
en estorbar su unión con el contacto impuro de mi carne viva.

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